La triste historia de un epileptico
En la cuadra 10 de la calle José González, del florido distrito de Mira flores, camina un hombre de barbas espesas y puntiagudas, de cabello desgreñado y de hileras de arrugas que bañan su rostro redondo de ojos locos que tambalean en su caminar de borracho, la gente lo esquiva, una que otra mujer grita asustada pero despacio, algunos hombres fornidos alistan su puño como el hierro listo para golpear su deforme cuerpo de cuasimodo, si es que se le acerca mas, y se acerca mas y antes de que sea golpeado, cae frente al hombre con espasmos colosales, sacando su lengua como si esta quisiera salirse, emanando espuma de su boca que baila agitada para todos los lados, la gente mira espantada, una vecina flaca y buena pone un trapo en su boca bailarina y espera sentada frente a el, hasta que poco a poco va volviendo a ver la vida quieta.
Se llama Juan Torre, y es una torre que cae continuamente si no toma sus pastillas Lorazepan de 0,5 mg, 5 veces al día, y Juan dice tener muy mala memoria a veces para acordarse de su lorazepan amado, mala memoria, igual que su familia que ya nadie se acuerda de el, mas que sus vecinos de la calle José González, pues antes el vivió allí, y también la epilipesia a la que se acostumbro por que no podía derrotarla y si no puedes con el enemigo mejor únete a el, me cuenta tratando de sonreír.
Nació en casa grande, y grande era el cariño de su madre hacia el, hasta que falleció del corazón punzado en sus brazos mientras lloraba con todo y el cuerpo, sus 2 hermanos lloraban por el muerto amado y su hermana menor calmaba a Juan Torre con baldazos de agua helada, entre lloros apocalípticos, desde aquel día, las epilepsias de Juan Torre fueron fuertes, tercas, infernales. Torre tenia 11 años recién cumplidos, el mismo 8 de Agosto en que su madre fue callada para siempre, sin molestar a nadie. Sus hermanos Luís Torres y Pedro Torres, tenían 20 y 24, respectivamente, su hermana a punto de cumplir 18 y su padre 42 años y de borracho terco mas aunque de cuantos años ya se le había olvidado, como también de pagar los arbitrios de la casa, los recibos de luz, agua, teléfono y de sus hijos mismos que les gritaba como terrible emperador a sus súbditos y a la madre le enterró en fosa común, por que en sus bolsillos no había mas que nicotina de cigarro. Los hermanos de Luís Torres desaparecieron una mañana de verano, y el padre haciéndose el fuerte no lloro hasta que un día vio a su hija de prostituta en una cuadra de colmena, no le dijo nada por que no tenia voz, y se sintió culpable por que nunca nada a sus hijos les dio, pues el colegio de sus hijos les pago su mujer occisa... ¿y ahora que pasara con el pobre Juan, que tiene bien ganada la fama de bruto, voluble y enfermo? Mi padre se pregunto _manifiesta compungido, Juan Torre
_ No me entra el estudio, no me entra, quiero leer pero no puedo por que ya me olvide de leer _cuenta Juan, ahora con 42 años, sentado en cartones de leche Gloria, y cubierto en periódicos pasados y variados, en el umbral con techo firme de una gran casa dejada que pronto será un colegio_ espero que este colegio nunca se abra por que sino a donde iré...
La noche nos cubre y la luna nos brinda su luz esplendorosa en toda su magnitud, Juan tose y mira al suelo sin baches y se acuerda de algo, su pastilla.
En la casa del padre de Juan su único hijo, se quedo presente. Más por que no podía, ni tenía que hacer otra cosa que por cosas que podía y tenía que hacer por su padre. Lo odie pero solo hasta el día que murió _señala un Juan desdichado
Su lengua parlotea dándose de latigazos en su paladar y en su único diente superior de su boca de gladiador derrotado muchas veces. Habla rápido, entrecortado, luchando por que salga sus palabras de manera clara, y cuando lo logra arroja una lluvia de saliva manchando su cama de cartón.
Su casa fue perdida en un litigio. Por el dueño del terreno de hilera de casas pusilánimes cuya gente indigente tuvieron obligados el éxodo a la calle de todos. El padre beodo de Juan Torre se resistió a irse, hasta que le paso la mona de todas las noches, y se fue un día muy de mañana sin huellas por seguir, cuando Juan despertó se encontró muy solo como muchas veces se sintió pero aquella vez lloro como muchas veces no lo hizo, sosteniendo con fuerza la pared de su casa rajada, prometió cuidar como nadie lo hizo con el, mas el dueño de la quinta, ganador absoluto del terreno grande, prometió desmoronar todo y todo lo desmorono las maquinas épicas, y con ella desmorono también el mundo de Juan Torre sacado de su casa rajada por cuatro corpulentos hombres que lo sostenían a Juan en una terrible crisis de convulsión.
Aquel amanecer todo se me vino abajo como mi casa _cuenta sollozo Juan Torre, apenas se le puede entender.
Paso los días entre convulsiones y limpiadas de carro, ganaba una miseria que le hacia sonreír. Una miseria de monedas con que compraba sus panes hasta llenarse para no comer entre sueños los periódicos con que se tapaba.
Su madre, la única mujer que le entendió y ayudo hasta después de su muerte. En sueños se le apareció con una sutil sonrisa, señalándole firme y borrosa la Iglesia Medalla Milagrosa en el corazón de la Av. Aramburu. Juan Torre comprendió la señal.
Su madre era asidua concurrente de aquella iglesia que nunca faltaba y que desde el cura hasta el publico la conocía por su cantar de canario alegre en el coro de los domingos que su hijo en primera fila aplaudía en silencio hasta la llegada de su ataque de epilepsia. "Si alguna vez te falta algo, ve a la iglesia, es la casa de todos por que es la casa de Dios", le abría dicho su madre amorosa.
Con la ropa andrajosa y la carita sucia acudió un Domingo de Febrero a la Iglesia que olía grato a su madre y entre el coro vio a su madre, mientras el publico y el cura movían la cabeza deleitosos por el cántico de ángeles. Su emoción de Torre fue explosiva que reventó en un ataque imparable de epilepsia, la muchedumbre se le acerco y rodeo, y se retiraba a medida que el cura avanzaba a paso seguro con el agua bendita en su rociador para someterlo a exorcismo nunca visto en aquella iglesia. El agua bendita le baño en gotas el cuerpo enflaquecido que dejo su temblor y cuando abrió los ojos legañosos vio al cura de su madre y el cura reconoció al hijo de su corista, y el coro de la Iglesia, Medalla Milagrosa comenzó su canturreo.
Desde aquel día, su vida cambio para el bien de su estomago por la comida que la iglesia daba a las almas desvalidas y la gente miraflorina lo adopto en la avenida en el cual vivió y levanto sus ánimos caídos de José Torre, le ofrecieron tanto: de que viva en su casa, de que le pagarían por vigilar las cuadras de la calle José González, le ofrecieron un cuarto lujosamente amueblado en un departamento respetable pero Torre rechazo avergonzado, no por que no quería sino por que no podía. Pensaba el, vivir en una casa acarrearía sustos por mis ataques, por mi lenguaje extraviado, por mi cuerpo deformado, cuidar la calle González, implica valentía, energía y fuerza y no lo tengo, y que me paguen un departamento es mucho para aceptarlo prefiero solo su afecto, lo que siempre deseo y eso es lo que le dieron, un cariño de hijo viejo.
Las pastillas para su mal al que se acostumbro lo pagaron sonrientes los administradores de los comedores populares que nacían frondosos como frutas en flor de la iglesia que siempre la madre de Juan Torre concurrió.
Aunque su mal epiléptico no desapareció en mucho las pastillas su mente alivio. "Si por que es un mal mental _me cuenta descubridor_ primero siento un mareito, que poco a poco va poniéndose peor como si hubiera tomado mucho, siento que todo me da vueltas, y vueltas y mas vueltas, me torno rígido y me hago muecas sin querer hacerlas, camino tembloroso y caigo al suelo de ahí no recuerdo nada, ese es mi martirio"
Juan Torre, no toma alcohol le recuerda a su padre alcohólico y teme ser como el, pero mas teme que sobre su borrachera le venga un ataque fuerte, como un día que se masturbo sumergido en una borrachera de erotismo mientras veía a las chicas lindas pasar en el parque Kennedy, y Juan escondido tras los arbustos bien cuidados, de pronto los destrozo en una convulsión que se llevo muchas flores en su recorrido de magna agitación, con los pantalones abajo se encontró cuando paro, frente a la mirada de un policía gordo que aparto a la gente con su humanidad y lo entendió con su mirada bonachona y con esa misma mirada ordeno que se retire, Juan Torre nunca mas ha vuelto a masturbarse, aunque su mano tiemble de deseo disoluto.
La vida le ha pasado pesado, entre serenas dormilonas y turbios terremotos corporales. No sabe leer ya lo olvido, pero no a saborear la belleza de una bella imagen. Camina en oscilaciones por que el flagelo de la epilepsia así lo ha acostumbrado, las personas que no lo conocen lo tachan de loco, lo miran de reojo y apuran el paso. Ya me he acostumbrado a que me juzguen sin conocerme _me dice resignado.
Por las noches frías mientras duerme en sueños mareados, se acercan bribones y en sigilosa maldad le roban mucho de sus pocas cosas regaladas: radio a pilas, ropa, linterna, zapatillas "No tengo casi nada, y me roban", manifiesta un Juan enojado. Su ropa lo guarda en jabas de gastadas maderas, por cuyas rendijas introduce todo lo que puede, son tres jabas donde guarda con recelo su paupérrimo tesoro de trastos.
Camina Juan Torre envejecido, gastado, tembloroso, solitario, a limpiar carros de ricos y por el camino ricos de corazón lo saludan cariñosos, al hombre optimista, terco y luchador que por más que la enfermedad lo haga caer en temblores cruentos siempre se levanta para volver a caminar y a agradecer a Dios por lo que tiene, en cada noche antes de echarse a dormir en sus cartones polvorientos mientras tiembla de frío.



